Thursday, November 19, 2009

Poemas escritos en el dorso de folios para reciclar

(I)

No es amarillento recordar.
Amarillento es no sacudirte bien
después de hacer lo tuyo

(II)

El amor ya no cree en mi
me ha puesto una x en todas las quinielas

(III)

Diariamente visito las tumbas de mis nietos
les pongo unas seis flores de plástico
en un vaso ancho de gin tonic

(IV)

Hoy me he prometido
no matar mariposas azules
con mi cerbatana marrón.
¡Qué gilipollez!

Monday, August 17, 2009

La Partida

Vives como si dejas vivir, las manos francas
y el pudor, sonríe si no es más que algo así,
suele si no tienes la ansiedad, mastica piedras
dormita en la madriguera sagrada de los prospectos
humedifica tu humanidad, berrea en el mastil y el pilón
desaprende a rectificar, véndele las cosas raras a él
las entrañas del colchón, tu poder para podar ramas
familiares de tus supuestos partenaires.

Parte pero no rompas. Hazme el favor.

Monday, July 06, 2009

Reactivando

Entre el facebook, mi vida, la suya, el tiempo, el espacio y dieciséis mil cosas más cosas menos, mi blog ha quedado en desuso y en via comatosa. Vacío de vida, reducto de un pasado donde solía escribir cada dos días más o menos, espejo manchado donde sólo se paran las moscas despistadas. He pensado en practicarle la eutanasia, acabar con sus latidos tímidos, robarle su pálpito mientras él pueda mirarme a los ojos y decirme tus muertos. Quería crear un nuevo blog donde publicar poemas y microrrelatos y donde poder acudir como diario público recopilador de mis tóxinas literarias. Pero lo he pensado mejor (o peor) y he decidido que este será el sitio. Y que empezamos hoy.

LOS NÚMEROS CANTAN

Todo terminó
El día que pasamos del 69
Al 96
Tus talones en mi nuca
Yo lo mismo.

Monday, May 11, 2009

De la única forma que sé

Te pido perdón. Poniendo otro post

DÉJAME ENTRAR
El final de la inocencia

Recuerdo que cuando era un niño tuve una amiga muy rara. Pero realmente no me apetece hacer una crítica hablando de ella para hablar de mí. Así que contaré otra cosa de mi niñez. Desde los 9 años soy admirador del cine sueco. Y todo fue por culpa de un ciclo que puso la segunda cadena (la 2 es una falta de respeto, un tuteo que ni tu tía) que me enganchó por una película que creí que hablaba de mí. Era de 1975 (el año en el que vine a nacer) y se llamaba Jonás, que cumplirá los 25 años en el año 2000 (Jonas qui aura 25 ans en l'an 2000). Luego resultó que descubrí que el ciclo de cine sueco que me flipó era realmente de cine suizo, el director de esa película era Alain Tanner del que luego vi alguna película infumable y que incluso Fernando Trueba le puso a su hijo Jonás (también nació en el 75) y éste ahora se dedica a escribir en un blog que es un coñazo. El final de la inocencia, amigos. Lo que yo decía.

Por eso. No, no voy a segur esta crítica con un “Por eso” porque de esa forma me siento culpable de ser un crítico previsible. Como decía anteriormente, el cine sueco marcaría mi infancia hasta que vi una película de Bergman y me acordé de las navajas suizas. Yo era un niño poeta suicida de 15 años y como mi amiga extraña marchó a un lugar recóndito yo quería irme a otro barrio. Pero luego pusieron una de Sjostrom y me di cuenta de que el problema es el aíre que respiran. Yo ya me hice adicto y dejé de ser un niño y suicida. El principio de la culpabilidad, my friends. Ya lo decía mi abuela mientras fumaba.

Por eso (ahora sí) reencontrarme con mi amiga en una película sueca es como dejar entrar nuevamente la inocencia dentro de mi realidad con abogados. Y lo es porque la ópera prima de Thomas Alfredson es uno de esos raros motivos por el cual uno vuelve a reencontrarse con valores primigenios (cinematográficamente escribiendo) que poco a poco se han ido olvidando en algún lugar remoto. Déjame entrar es una pieza de orfebrería, destellante y sobria, helada como los humanos, caliente como la sangre de los animales. Natural. Original como el primer mordisco. Suave como los recuerdos. Frugal como los veranos del Mundial 86. Hermética como aquella habitación en la que nunca podíamos entrar. Primeriza. Dura como la piedra con la que rompimos todos los cristales.

Es el reencuentro con los valores fundamentales de cuando el cine no tenía diálogos que provocaran ruido de fondo (y forma). Aunque los diálogos que tiene son muy buenos (v.g. “Tengo 12 años pero desde hace demasiado tiempo”) y no tienen nada que ver con ese Cine de la Mentira que es el cine español más abominable. Tiene más que ver con el poder de la sugerencia, con la humildad de comprender que no todo el campo es el que ve nuestros ojos (ni es orégano) y que, a veces, es más efectivo dar una caña que un kilo de boquerones. La escena de la piscina ya me la tengo pedida para final de año como ejemplo de planificación plausible de estudiarse en cualquier escuela digna de ese nombre. Supongo que es más socorrido (y más fácil de impartir) Vagar en profundidad de campo:Liverpool sin Xabi Alonso, visión de juego en sombras o itinerario de lo imposible y sus sinergias.

Menos mal que estudié filología hispánica. Será por eso que me gusta la literatura y el lenguaje, el teatro, la poesía y beber sol y sombra mientras hablo de amigas. Hasta cuando hablo de cine me gusta hablar de literatura, teatro, poesía, luces, sombras, amigas y, sobre todo, de lenguaje. Es como comer hablando de comida. La obra de Alfredson es sintaxis y semántica, un cuento atroz sobre los signos de puntuación de nuestros miedos y recuerdos, la autopsia, hecha en vida, de un género y sus ramificaciones, de la eliminación de fronteras, sin guerras ni estatutos, entre los códigos que realmente son claves para penetrar en otra dimensión diferente (¿divergente?) a la acostumbrada.

Alfredson no se entretiene mirando los arboles. Comprende el bosque. Su realización es elegante, viva, sin estridencias fundamentales ni obviedades narrativas. Incluso la utilización de un tema tan espinoso como el del bullying es resuelto mediante el respeto hacia la lógica cinematográfica. El bullying no es un tema sino una consecuencia y así lo muestra en cada escena en la que los acosadores aparecen en pantalla de manera explícita o no. La resolución de la agresión en la nieve juega perfectamente con ese concepto, utilizando elementos de comedia (ese delito suele estar siempre basado en lo cómico, desde la realización de la broma al escarnio público en internet) para hacer efectiva la venganza temporal de nuestro protagonista. Lo que pasa es que es un humor camaleónico que se esconde y se transforma en la nieve como otros se transformaban en mina de La sal de la vida o en desierto en Lawrence de Arabia.

La inocencia se termina con el primer contrato. No te abandona del todo pero intenta hacerlo constantemente. Cuando eres culpable no está, que es lo importante. La inocencia viaja siempre en corrientes circulares por el tiempo. Y en este caso, en tren interprovincial, en compartimentos estancos donde aún se podía fumar. El principio es el final como en El crepúsculo de los dioses (Sunset Blvd. Billy Wilder, 1950). El final es el principio como esta primera liga del Barça de Pep Guardiola.

Wednesday, February 18, 2009

Reencuentros

El mío con el carnaval este año. Gracias a chirigota como ésta. Una maravilla

No sé poner vídeos, por lo visto

Así que os paso directamente el enlace

http://www.youtube.com/watch?v=A2xJ4gJv__4




"Coplero, esta letra es pa ese obrero
que ha elegido ser coplero
pa el que canta como un ángel
además de ser frutero
pa el que escribe como nadie
cuando sale de currar.
Pa esos copleros
que te hacen dos musiquitas
antes de irse pa acostar
y se estrujan la cabeza
por sus fiestas un año más.
Va por todos esos copleros,
de teatro y callejeros,
que es pa quitarse el sombrero
lo que hacéis en carnaval"

Porque hay gente que no tiene facebook II;

Publicado también en www.miradas.net

Cuando tú vas, yo vengo

Preámbulo o Epílogo

La vida es ese lugar complicado donde siempre haces lo que parece que no tendrías nunca que haber hecho. Si no que se lo pregunten a Chenoa, al Che Guevara, a Shakespeare o La Chelito. Una complicada ecuación sensorial que legitima siempre (yo, campeón de la autoindulgencia, te lo digo a ti, que también tienes lo tuyo) la jugada acaecida, la decisión tomada, el hecho consumado. No es fácil saber hacer las cosas cuando no sabes muy bien lo que hay que hacer; en matemáticas, que son la verdad y el lugar donde habita la paz, es mucho más sencillo realizar una operación que su demostración. Por eso ya que hablamos de demostraciones, de matemáticas, de operaciones, de la vida, del amor, de los circos y de los enanos, es un buen momento para acercarse a la última película de David Fincher, una reflexión madura sobre el fatum hecha con optimismo y un sentido del humor que imbrica un discurso menos acomodado de lo que podría parecer/esperarse.

Fincher en la encrucijada

El curioso caso de Benjamín Button busca lo imposible enfrentándonos a lo improbable. Quiere construir una historia que sea al mismo tiempo Historia pero con un material que gravita entre lo particular y lo colectivo, entre el relato soñado y la rutina personal de tener unos códigos propios ante/frente/bajo/con el mundo. Quiere hacernos partícipes de una historia demasiado individualizada que parte de un personaje que no tendría el menor interés si no fuera porque viene de donde viene y va hacia donde va. Por eso hay que olvidarse un poco de lo que estamos esperando contemplar y asirnos como si fuera por primera vez a la opción de ver una película diferente. Lo único malo es que no tiene tanto de diferencia en su fin como en los medios que la definen y caracterizan. Fincher se ve así preso y estandarte de la propia condición de una obra que se define a sí misma por la oposición de los factores que la conforman. Del videoclip entre piojoso y pijo de Alien 3 y la madura reformulación de los paradigmas del thriller moderno (donde hizo buena escuela y malos alumnos) de Se7en hay un sacrificio que no sólo está explicito en su obra si no implícito en sus obras (ambas, dos, sendas). Del sentido lúdico del sufrimiento y de la superación involuntaria del pasado más traumático de The Game a la aceptación del presente como crisis, que quiere decir ruptura, que auspicia la necesidad de reinventarse cada vez que un Game Over finaliza tu partida en El club de la lucha. De la imposibilidad de protegerse a la imposibilidad de descubrir, de las líneas maestras de Hitchcok a los agujeros geniales de Lang, de lo clautrofóbico de La habitación del pánico a lo agorafóbico de Zodiac. De, como bien dice Javier Pulido, ser un director “antisociedaddeconsumo” en El club de la lucha a ser el más eficiente director de anuncios para grandes marcas globalizadoras. El curioso caso de Benjamín Button se enfrenta, hasta que llegue la película siguiente, a la que para mí es la obra maestra de Fincher, Zodiac, una tarea no demasiado sencilla a la hora de oponer conceptos, textos y contextos de la riqueza y la madurez de la odisea de Graysmith, Avery y Toschi al regreso a Ítaca como vientre materno del último guión del eficiente Eric Roth (El dilema, Munich, El buen pastor y , sí vale, Forrest Gump)

Puntos de encuentro

Las dos trayectorias (las tres, si contamos la de Fincher) tienen puntos donde se unen momentáneamente antes de volver a dispersarse como es natural. El amor es caprichoso y volátil y no se acoge a ninguna lógica estudiada ni a ningún rigor ni científico ni del otro. El transitar de Benjamin recuerda al del Leonard de Memento, lo que pasa es que lo que a uno le faltaba en la película de Nolan es lo que aquí al otro le sobra. La memoria puede llegar a resultar una condena o una liberación (Leonard transforma la realidad para poder así consumar su venganza injusta pero justificada), pero al personaje de Fincher le da la motivación, la credibilidad y a Fincher el leiv motive para construir una oda al cine tal como a él le gusta entenderlo. Imágenes de postal, encuadres perfectos, música con pellizco y efectos digitales como para acabar con cualquier productora. Fincher les saca partido porque ante todo es un virtuoso que disfruta con los retos técnicos como en su momento Kubrick los hizo con los suyos. Todo parte de la imaginación que parte de un recuerdo que parte de un diario. Crear es recrear. Como en Big Fish lo hizo Burton, Fincher se autohomenajea al rendir tributo a los contadores de historias y lo hace incidiendo en la capacidad fabuladora de la propia técnica narrativa. Entonces es cuando el autor se reencuentra consigo mismo, cuando las piezas encajan y Brad Pitt y Cate Blanchett tienen la misma edad. Y cuando menos nos gusta la película. Fincher se da cuenta de la belleza y su concepción de la belleza hace del espectáculo un previsible y antiguo desfile de lugares comunes que no parecen pertenecer a una filmografía tan moderna como su repercusión. Es cuando la película se estanca como perjudicada por la armonía impostada de lo que solemos entender por felicidad.

Líneas de fuga

Pero tranquilos, porque pronto vuelve las aguas a su desborde. Fincher como buen tirador de faltas no lo es tanto de penaltis. Se le queda corta la distancia y se le va la potencia. Por eso son las líneas de fuga, las líneas maestras de su discurso. Y es magistral el prólogo del relojero ciego con un hijo muerto en la guerra. Y es fascinante la escena en la que, saliéndose del tono de lo demás, nos narra de manera virtuosa el accidente que acaba con la carrera de bailarina de Daisy. Y es paradójico el blanco y negro del hombre de los siete rayos al que le caen sólo seis. Y es esa parte entre trágica y cómica que le emparentan al Paul Thomas Anderson más raro de sus fugas en Magnolia y Punch Drunk Love, es cuando sale a la luz el talento de este director minusvalorado en debates públicos y encumbrado en diatribas privadas. Fincher se crece en la adversidad y vuelve, como en sus mejores películas, a ser el perfecto glosador de batallas perdidas,el rapsoda de los fracasos cotidianos y universales, el que certifica que si algo puede salir mal es que algo está mal. Su obra está marcada por el fatum y su insospechada poética; todo es más bonito cuando un viejo ama a una niña, cuando una anciana le cuenta sus batallas en común a un mocoso desmemoriado. En esos momentos es cuando el relato fluye como contaminado por algo más grande que su propia estructura. Por eso los momentos en que la muerte está más cercana es cuando la vida se transforma en algo que nos une a una película y a una forma de hacer cine. Por este tipo de cosas, Fincher es un director especializado en paradojas, ya que él es una en sí mismo: el director que busca, el autor que no encuentra.


Coda final o Prólogo

Terminado este artículo decidí que era el momento de desayunar como los campeones (tostada, café y zumo de naranja exprimida en directo) en un bar que está debajo de mi casa y en el que no es difícil encontrarme. Antes de ducharme acudí al cajón donde guardo mis calzoncillos y calcetines en estricto desorden de colores y formatos. Al fondo vislumbré parte de mi pasado más presente. Metí la mano y saqué ropa interior de mi exnovia, que olvidada se había quedado a vivir sin ella en mi casa. La observé durante un rato y me sorprendió su apariencia infantil. Entonces me di cuenta que a lo mejor ella se había ido porque seguía su camino y que cada vez sería más joven y más niña y más todo y que nuestros senderos ya se habían bifurcado irremediablemente en el mapa sentimental de nuestra vida. Yo hoy, sin duda, soy un poco más viejo.

Porque hay gente que no tiene facebook I;

Publicado en www.miradas.net

Cuatro caminos del cine español en el 2008. Los puntos cardinales de una deriva
Camino a la perdición

El nivel medio del cine español este año ha sido notablemente inferior al del año anterior. O ese pensamos. O así nos ha llegado a nosotros que es al final de lo que trata este artículo. No ha habido escandalosos insultos como el año pasado, pero si ha habido una sensación de mediocridad patente y congénita a una forma, si no equivocada (eso lo juzgará dios, mahoma o los productores), sí autocomplaciente y cobardica de afrontar un arte que es industria y no al revés. Volver a ver las nominaciones de los Goya o las candidatas a los Óscar vuelve a demostrar que mientras el amiguismo sea la fórmula, la basura será el resultado. Que la muy mediocre Los girasoles ciegos del muy acabado José Luís Cuerda tenga 15 nominaciones es una abominación que suponemos que no tendrá parangón en ningún país civilizado y con cierta vergüenza y/o conciencia de la importancia pública de una cinematografía subvencionada. La adaptación, cojitranca y halitosa, del libro de relatos de Rafael Méndez contiene todos los tics de la autoría mal entendida, el academicismo (con h) que aprecia más la caligrafía que lo verdaderamente artístico y el “verismo” falaz de la dirección artística contaminada por los premios y los diseñadores fetén. Su éxito y su “prestigio” vuelve a ser un toque de atención tras la buena cosecha de soledades, yoes, influencias o mujeres en el parque del año pasado, realizadas contra corrientes, mareas e influencias lunáticas de otros pelajes. Otra cuestión es el de otro tipo de triunfo, que a veces incluso de solapa con el otro y ya se convierte en la hostia en tomate o así. La influencia de los éxitos televisivos tienden a la idiotización del espectador haciéndoles participe de actitudes xenófobas, machistas, homófobas o simplemente imbéciles al hacerles llegar con normalidad, y chistes sobre la más rabiosa actualidad, lo que es mentira vestida de cotidianidad y falsa naturalidad. Mientras en EEUU triunfan (y perduran) series como “The Wire”, “Mad Men”, “Lost”, “John Adams” , “The Office”, “The Larry David Show”, “True Blood”, “Studio 60 on Boulevard Street”, “Rockefeller Plaza”, “24”, “The Shields” o la finiquitada “Deadwood”, en España tenemos a “Aída” como paradigma de lo que apesta la creatividad de nuestro país. Fuera de carta es uno de los éxitos del año y quizá la película más clarificadora de nuestra situación; la asunción de códigos televisivos para seguir exprimiendo a la gallina de los huevos de oro envenenados. El debut de García Velilla es una vuelta al landismo pero cambiando a las suecas por un futbolista argentino. Como el año pasado con Chuecatown (Juan Flahn, 2007) se nos ofrece la película más reaccionaria del año desde la supuesta libertad de un país donde Pedro Zerolo quiere ser Harvey Milk sólo por tener los mismos gustos sexuales. Al final va a ser verdad que tenemos el cine que nos merecemos.
Camino asfaltado sin dirección

Quedarse en tierra de nadie puede ser peligroso o señal de alguna carencia. En el cine español de un tiempo a esta parte resulta casi un alivio dedicar unas palabras a películas que no funcionan por una u otra razón. Paradigmático nos parece Antonio Hernández, director que tiene una trayectoria de lo más curiosa (Lisboa, 1999, El gran marciano, 2001, Los Borgia, 2006), y su nueva película El menor de los males, un thriller llamativo, muy bien rodado, pero menguado por las vulgaridades y trucos de una historia más intensa en la teoría que en la práctica. Si reparamos en otros títulos, que entendemos estarían en este espacio de films que contienen buenas ideas pero están lastrados por unas u otras razones encontramos producciones muy diversas entre sí: La crisis carnívora (Pedro Rivero), un film de animación con mucha mala baba aunque parco visualmente y un tanto cargante; Pretextos (Silvia Munt) un melodrama con aspiraciones autorales capaz de crear un atmósfera opresiva y construir unas sugerentes imágenes, pero cuyas cargas de profundidad (diálogos, símbolos) suena a una operación impostada, meliflua; Solo quiero caminar (Agustín Díaz Yanes), un entretenido y veloz thriller muy superior al anterior film de su autor (la muy mediocre Alatriste, 2006) que en realidad vuelve a poner sobre la mesa las preocupantes limitaciones de Díaz Yanes como narrador; 8 citas (Peris Romano y Rodrigo Sorogoyen) o como el infierno está empedrado de buenas intenciones. También le ocurre lo de las buenas intenciones a Antonio del Real en la valiente La conjura del escorial, un filme planteado con grandeza y muchas ganas de agradar. Lo que pasa es que el talento nunca ha sido cosa de este director. Ni la dirección de actores tampoco. Ni el trabajo de casting. Ni la escritura. Bueno, que no le salió muy bien en definitiva. Lo mismo que al dúo Corbacho-Cruz que en Cobardes intentan volver al estilo costumbrista de Tapas (2005) pero le falla todo lo demás. La historia no comienza mal pero el discurso intelectual es tan de tertulia de “Crónicas Marcianas” que al final uno se sorprende de que lo mejor de la función sea la interpretación de Paz Padilla. No sorprende pero tampoco desagrada Eskalofrío (Isidro Ortiz), un desperjuiciado horror film repleto de huecos efectismos y balbuciente escritura que a veces no es capaz de evitar lo ridículo por su apertura de temas y su mimetismo endémico con otras cinematografías que tienen más dinero y experiencia. También ocurre con Casual Day, segundo filme del todoterreno Max Lemcke, que en su afán de hacer un trabajo basado en los intérpretes les rinde demasiada pleitesía y vacía de profundidad la carga crítica de un texto que acaba a la deriva de sus propias intenciones. O el debut de Roser Aguilar, Lo mejor de mí (2007), que no esquiva los peores vicios de los peores melodramas a pesar de su happy end raro, incidiendo en estructuras convencionales planteada desde una historia que pedía un riesgo en lo formal acorde con el que toma en lo temático. Este catálogo, más deslavazado que variado, incide en el carácter superficial de una cinematografía que parece construirse a salto de mata y que, como ya destacamos el año pasado tiene una desventaja definitiva: la imposibilidad para generar y promocionar una identidad propia. Es posible que esta sea una de las causas por la que se continúan, desde determinadas instituciones y foros, aplaudiendo un cine que tal vez si siga alguna dirección concreta, aunque francamente pensamos que transita caminos sin asfaltar, con suerte mal adoquinados…
Caminante no hay camino

Donde no hay mata no hay patata dice un agrícola refrán castellano de sabia concisión. Donde hubo fuego sigue habiendo rescoldos pero menos y sobre todo en estos tiempos de crisis creativa, y de la otra, que ahogan cualquier posibilidad de poner(nos) positivos por lo que vemos. Autores de renombre siguen empecinados en utilizar viejas formulas que en otros tiempos funcionaron en otro escenario y con otras necesidades. Lo coyuntural es efímero y por eso el talento hoy en día de Manuel Gutiérrez Aragón, José Luis Garci o Gerardo Herrero más que poco discutido es bastante discutible. Todos estamos invitados, Sangre de mayo o Que parezca un accidente (al igual que la mentada Los girasoles ciegos) son las autopsias creativas de unos cineastas que terminado el camino se siguen dando de bruces contra un muro de lamentaciones ajenas. Nada hay destacable en sus tres películas; ni la supuesta valentía en afrontar el tema vasco de Aragón, ni la reconstrucción a la que se le ve el cartón (piedra) de García, ni el humor más chabacano que absurdo, más gris que negro, de Herrero. Un caso parecido es el de Fernando Colomo que con Rivales vuelve a intentar reverdecer viejos laureles tras el (digno) fracaso de la más arriesgada El próximo Oriente (2006). A Colomo le salva que casi nadie ha visto la película, que saca a la cada vez más interesante Goya Toledo y que al fin al cabo la modestia de su planteamiento no llega a resultar equívoco como en la ópera prima de Nacho García Velilla. Pero no son sólo nuestros mayores los únicos que han intentado transitar sendas inhóspitas para cualquier explorador insuficientemente preparado. Unos debutantes han seguido el camino de la autoría más autoconsciente: del sedicente genio con traje burgués de emperador de Albert Serra (El cant dels ocells), al woodyalleniano gallego que responde al nombre de Ramón Costafreda y contesta con diálogos chispeantes así con muchas eses (Abrígate). Otros han quedado en subirse al carro genérico del terror vía survival sin nada que salvar como F. Javier Gutiérrez o Gonzalo López Gallego, que se ha cambiado de un lado a otro con menos suerte que si lo hubiera hecho al contrario: tanto 3 días como El rey de la montaña son dos películas malhadadas, ramplonas pero con un gran concepto de sí mismas en ambos casos, realizadas por gente que subestima a los géneros poniéndose por encima de los códigos más elementales para trascender con ideas tan frescas que ya vienen congeladas de viejas que son. Lo mismo ocurre con la presidenta de la academia Ángeles González Sinde que rueda lo mismo la risa que el llanto en la fofa Una palabra tuya. Pero podría ser la sorpresa de los Goya y llevarse algún premio. Sería toda una sorpresa como cuando venció a esos dos parias de Jaime Rosales y Pablo Berger en el premio de director novel. Los inexpertos menos listos sin embargo han optado por adentrarse en caminos seguros que sin embargo van directos a las profundidades de la estulticia como revelan en relieve las muy primerizas pero aún más olvidables Un poco de chocolate de Aitzol Aramaio y El último justo de Manuel Carballo. Todos estos nombres y títulos, ya sean veteranos o rookies, ya traten el pasado o el presente, vienen a ser un reflejo atrofiado de una (ir)realidad prefabricada e impostada. Pero queremos ser justos con ellos y honestos con nosotros: nunca hemos confiado ni creído, o dejamos de hacerlo demasiado tiempo atrás, en este cine, en lo que representa, en lo que dice, en lo que se calla… Por fortuna, hay otros caminos.
Camino a la imperfección

Cuando la cinematografía española alcanza triunfos artísticos, completos o parciales, es muy posible que nos sorprendan incluso cuando hay elementos previos que podrían sugerirlos. Quizá hemos llegado a un punto realmente siniestro en el que espectadores y críticos tenemos serios apuros cuando nos acercamos a una producción nacional. Creemos que sobre todo a causa del grueso de las propuestas que nos desesperan o deprimen y al tendencioso envenenamiento de medios de comunicación y sucedáneos, siempre interesados en vender óptimamente a sus inversiones y/o a sus amigos (de los perezosos recordatorios sobre la condición de producción española de Vicky Cristina Barcelona a la alucinógena reivindicación de Albert Serra como un artista sensible y divertido, pasando por la desfachatez a la hora de referirse a la valentía, compromiso y rigor de un Enrique Cerezo/Julio Fernández o un José Luis Cuerda/Álex de la Iglesia). Por eso quizá, a falta de que aparezca un Steven Spielberg de Cuenca o un David Lynch de Tomelloso (o al revés) tendremos que seguir buscando en la imperfección los destellos de cine que este año nos hemos encontrado en varias películas. Por ejemplo en el tercer largometraje del anteriormente curioso (El milagro de P. Tinto, 1998) o insufrible (La gran aventura de Mortadelo y Filemón, 2003) Javier Fesser, Camino, una conmovedora tragedia fantástica, en el doble sentido del término, que sabe conjugar con habilidad y creatividad elementos resbaladizos. Una película que en lugar de darnos una cara de la realidad, nos ofrece la otra mejilla como el que busca alcanzar el cielo (o la inmortalidad) mediante la puesta en escena y la capacidad de confiar en la narrativa como motor de lo lírico. Apreciamos por extensión este cine de calidad en Bienvenido a Farewall-Gutmann de Xavi Puebla, una apuesta extraña que transita caminos bastante andados este año (Casual Day en España, La cuestión humana, de Nicolas Klotz, 2007, en Europa) pero de otra forma distinta; entre lo terrorífico que nos espera fuera (compañeros, jefes, entrevistadores) y lo que nos espera dentro cuando nos quedamos solos con nosotros mismos está la capacidad de plantear una historia con los mínimos recursos pero la máxima humanidad , Gente de mala calidad de un Juan Cavestany que se nos revela como un Solondz cañí con mucho mala baba y con una intuición especial para sacar los mejores de sus interpretes (recordemos que también ha sido el gran triunfador de la escena española este año con la acongojante obra “Urtain”) y Uno de los dos no puede estar equivocado (2007) de Pablo Llorca, una bizarra historia de amor entre otras cosas, con una atractiva superficie godardiana que es más un parecido razonable que una apropiación indebida y un fondo que refleja una realidad tan cercana como aterradora, y es que el mismísimo diablo es el protagonista. También nos gustaron, aunque quizá no nos convencen plenamente, Los cronocrímenes de Nacho Vigalondo, imaginativa puesta al día de un fantastique de andar por casa que remite a mejores referentes que sus resultados y Tiro en la cabeza de Jaime Rosales, la demostración palpable de lo que es un autor contra viento y marea, premios y malditos, modas y modos. En un país donde la coherencia no es tan bien aceptada como la envidia, Jaime Rosales ha empezado un vía crucis que no tenemos ninguna duda que nos dejará obras tan valientes como esta honesta vuelta de tuerca a lo que venimos llamando percepción, normalidad o conflicto. Resulta evidente, que este puñado muy escaso de buenas películas, no responde a un movimiento determinado o comparte unas parecidas inquietudes: tampoco por tanto sería acertado pretender encontrar un hilo unificador o una explicación generalizada a estos aciertos dentro de lo que habríamos de llamar industria española (aunque continúe sin identidad y sin ganas/interés de crearse una). Cada una de estas propuestas, y con ella sus directores, provenientes de estructuras de producción diferentes, muestran planteamientos y despliegan recursos globalmente opuestos. No existen, por tanto, vínculos o son tangenciales (ninguna de ellas comparte estilo pero todas tienen el mínimo, o máximo, común múltiplo de oponerse al estándar establecido y comparten un tono en cierto modo desesperanzado, cansado incluso: en la línea, conviene puntualizar, de bastantes obras importantes hechas fuera de nuestras fronteras) entre la condición de narración pura de Camino, el desaliño formal y las hipérboles de Uno de los dos no puede estar equivocado, la configuración de cine-teatro de Bienvenido a Farewall-Gutmann, la comedia descreída y cruel de Gente de mala calidad, el sentido neo-fantastique de Los cronocrímenes y el cine de arte y ensayo de verdad de Tiro en la cabeza. Caminos paralelos y heterogéneos hacia una imperfección que hace concebir por lo menos la posibilidad de seguir andando alejados de las arenas movedizas de lo coyuntural y del acantilado inasible del conformismo y las viejas glorias sepultadas por egos subvencionados y compromisos adquiridos.

Tuesday, January 20, 2009

La mejor película del 2008

El incidente (The Happening. M. Night Shyamalan, 2008)

Por Manuel Ortega


Esta vida pide otra

Hoy el planeta no estalló.
Imagináis que tengo un plan
(es lo que siempre piensas tú)
Ven conmigo a pasear
Ya sabes que el mundo se acaba.
Es un error monumental.
Nunca fue como pensáis
Y si lo sé no digo nada.
A estas alturas me da igual.
("El mundo se acaba", Tachenko)

Pocas veces se va al cine sin saber lo que te vas a encontrar. A mí me pasa con algunas películas minoritarias que intento ver el viernes de la semana de estreno a las 16:00, en los festivales, taciturno, siguiendo la dirección contraria a los demás y cuando visito anualmente la obra de Shyamalan, ese director raro que a todo el mundo decepciona siempre. Porque desde que empezó a rodar El sexto sentido ya había uno que decía que Bruce Willis estaba muerto, que Bruce Willis estaba muerto en El protegido también, que Gibson traiciona a la película poniéndose el alzacuellos (y no emulando a Wilkinson en In the bedroom contra sí mismo), que dónde va una ciega en el siglo XIX en el siglo XXI y que si para salvar el mundo no basta con aniquilar (sólo) a un crítico de cine. Los listos, que decía Marcial Ruiz Escribano.

El incidente es otro final del camino en un viaje que siempre empieza. Una nueva demostración de fuerza (o de debilidad) ante los lugares comunes, lo esperable y lo predecible: la constatación de la grandeza de un director que no debe explicarnos nada porque tampoco pide más que una hora y media de atención. Su apuesta, fundamentada siempre dentro de los límites genéricos, así lo atestigua. La trasgresión siempre es mucho más efectiva cuando se hace en nuestra propia casa, cuando conocemos las reglas y nos creemos cómodos vencedores, y no. Entonces nos rompen la cara y perdemos con las reglas, la cara y la casa partida. El problema que muchas veces arrastra la recepción de la obra del indio está fuertemente ligado a este concepto que realmente es el motor de su propia filmografía: las reglas se rompen si quieres construir, desconocer la estructura tiene que ser el principio de todo misterio. Construir la estructura es el fin que te lleva a los medios.

El desconocimiento, además del axioma que fundamenta cualquier búsqueda, es lo que se supone que separa la ciencia de la ficción. Pero realmente todo son teorías que parten de la imaginación y de la capacidad fabuladora de los humanos, la interpretación de los signos que hacían los personajes en La joven del agua, eran erróneos (siempre y) cuando se dejaban llevar por los estereotipos ya establecidos. La historia la escriben los vencedores pero a menudo también los aburridos, los poderosos y los que podan a su gusto el único camino que debe existir, como demuestra rotundamente Michel Onfray en su imprescindible "La fuerza de existir, manifiesto hedonista". Eso es lo que motiva y eso es lo que hace a la ciencia verdad y a la ficción mentira. Una mentira que no es ficción, que es donde está toda la verdad. Que es mentira…

Por eso Shyamalan contraataca con la locura de seguir el lado opuesto a lo que siempre se espera. Por eso es la pesadilla de los críticos que ya han escrito la crítica antes de ir a la película, por eso es el demonio del espectador que quiere ver un trailer y su demostración, por eso es la Némesis del que intenta exponer sus teorías por encima de la obra pasando por alto (por bajo) que cuando una obra es libre está por encima de cualquier catalogación práctica, en teoría. Por eso existe el sentido del humor, que es indisoluble de la inteligencia, hasta a la hora de planificar las escenas más dramáticas y/o terroríficas, por eso existe una concepción intelectual de los mecanismos viscerales y sensitivos que van asociados al hecho cinematográfico más esencial de la puesta en escena y su pleitesía hacia la inteligencia y el respeto del espectador. Parece que es algo más que sencillo, obligatorio, y que se le supone a cualquier director que pretender hacer de su oficio el sentido de su obra, pero desgraciadamente no es así siempre, y lo peor casi nunca.

El incidente es la obra cumbre de un cineasta empecinado en alcanzar la inmortalidad a base de cuestionar la nuestra y los efectos de ésta sobre la vida. La redención de sus anteriores películas queda aquí puesta en duda, se diversifica, se redefine porque la gravedad de nuestros errores ya no son individuales sino colectivos y porque su alcance no se centra en el pasado sino en un futuro no demasiado halagüeño. Ahí es donde nos ofrece una película sobre el amor, sobre la puesta en escena y el amor, sobre las terceras oportunidades más que sobre las segundas, sobre los bosques que no nos dejan ver los árboles y sobre los pájaros que llevan la jaula por dentro. Porque como dicen los de la canción de arriba, esta vida pide otra e imágenes como la de Alma anunciándole a su marido la buena nueva de su embarazo mientras la cámara, discreta y respetuosa, nos muestra una alegría lejana e intima, también.

En un momento de El incidente se nos recuerda que Albert Einstein tenía una teoría que decía que cuando las abejas desaparecieran, el mundo tardaría cuatro años en desaparecer con ellas. Yo tengo otra que espero que no me tomen a mal: Cuando M. Night Shyamalan desaparezca del mundo, el cine tardará más o menos los mismos años en desaparecer con él.


Poblicado en www.miradas.net

Mínimo en común múltiplo

Tú dijiste amigo o nada
yo dije pareja o nada
al final en algo estamos de acuerdo:
en nada.

Tuesday, December 16, 2008

Asuntos pendientes II

Stars in my Crown (1950)

Definición de himno

Yo acuso (Pequeña introducción a la armonía)

Jacques Tourneur es un director tan infravalorado como desconocido. Se le nombra de pasada y se recita de memoria las tres películas de siempre. Se habla de serie B, de artesano (¿hasta cuando vamos a estar utilizando el lenguaje clasista de aquellos niños bien?), de subgéneros y de otros lugares comunes para los teóricos del montón. Como Carpenter, Arnold o Ulmer, Tourneur forma parte de un cine más grande que su propia leyenda, de una forma de concebir los medios por encima de los fines y de una manera de mirar que no tiene tiempo (ni presupuesto) para mirarse en ningún ombligo.
Yo les tengo fe a este tipo de personas (cineastas, futbolistas, publicistas o carniceros) al igual que no le tengo ninguna, y cada vez menos, al otro tipo. Y me gusta su cine (y su fútbol y sus anuncios y sus filetes.) Stars in my crown es la obra esencial de un cineasta que no siempre hizo las películas que quiso hacer pero que quiso todo lo que rodó. Y ésta era de las que más quiso y más quiso hacer. Y la rodó

Ama, ama, ama y ensancha el alma (La armonía de crear)

Stars in my crown es un himno religioso compuesto de diferentes estrofas que van a parar a un estribillo común. Al mismo tiempo es un tratado ético sobre la religión en el que conviven varios niveles de discurso, algunos paralelos y otros transversales. A pesar de la aparente complejidad de su narración la linealidad es directa y meridiana; vamos a entrar en una historia que es en realidad un estado del alma que como en Cars (John Lasseter, 2006) cobra sentido cuando dejamos patente que es el recuerdo el único motor que mueve a sus habitantes a afrontar el presente. La escena que en la extraña producción de Pixar se hace esperar más de lo esperado (aquella en la que Sally Carrera descubre a Rayo McQueen el paraíso perdido con forma de infierno recuperable) aquí no deja terminar a los títulos de crédito: una voz, que seguirá siendo la de un niño, aunque hayan pasado muchos años y su tono sea más grave, nos presenta a todos los personajes mientras van saliendo de la iglesia que cambiará el rumbo de cualquier historia que fuera a suceder en Walesbug. Hemos localizado el tiempo, los personajes y el espacio en una única toma. Así es más fácil narrar en horizontal (hacia delante) sobre todo si eres un maestro de la narración vertical (en cada plano).
La armonía se encuentra en la música interna de su escala vertebral. En el poder de una narrativa que tiene toda la fuerza que da las reglas del encuadre, el arte de la interpretaciones y la lógica del montaje. En una celebración, sin pausas ni borracheras de ningún tipo, del noble y, a veces, ingenuo arte de que todo encaje con la precisión de las cosas que por naturaleza no encajan. Tourneur sabía que no es lo mismo construir desde el convencimiento que desde el conocimiento pero también sabía que las dos cosas se podían unir si se sabía mantener la conciencia del relato y el tempo preciso para que así se diera. Igual que en The Horse Soldiers (Misión de audaces, John Ford, 1959) aquí se repite el duelo entre el conocimiento y el convencimiento con la única diferencia que lo que se opone a la medicina en la magistral película de John Ford es la fe en los himnos de la caballería en lugar de la depositada en las oraciones de los clérigos.
Aquí la oración no cura el alma de Tourneur sino que le sirve de banda sonora para destacar una voz principal; la de Joel McCrea, un actor como la copa de un drago, que hace su entrada marcando las notas con una personalidad digna de los mejores barítonos. Su llegada al pueblo así lo testifica. Su entrada en el bar presenta todos los matices que tendremos que recordar a lo largo de la narración: fe, determinación y palabra.

Crear y/o creer (La fe)

Stars in my crown es una/la película religiosa sin parangón conocido, atemporal, luminosa y mística. Una suerte de parábola que mezcla, con fortuna, elementos que basculan entre dos mundos tan distintos pero tan complementarios como los de creer y crear. No sabremos nunca si la fe mueve montañas pero si sabemos que hace que se creen grandes películas. Aquí a medio camino, incluso temporal, de ¡Qué verde era mi valle! y La noche del cazador, Tourneur nos presenta una historia que conjuga los rasgos esenciales de la “americana” con la trastienda del western menos mitológico. La escena en la que un gallito típico del segundo se burla acorralando con su látigo a un personaje sacado de la primera (un magnético Arthur Hunnicutt en el papel de Cloroformo Wiggins) es buena muestra de lo que Tourneur propone. No es la única escena que podemos recordar rompiendo lo predeterminado por la (presunta) lógica de la historia narrada, pero si es la más espectacular al abandonar el encuadre casi pictórico de la estética común por un movimiento de cámara hacia delante enfocando la espalda de un personaje que camina hacia una pared sin solución de continuidad. La extrañeza que provoca dentro del conjunto supone el primer aviso de ruptura, como decíamos, casi genérica (¿genética?) de una historia que crea sus conflictos a medida que la creencia se estabiliza y se fortalece con el milagro de razonar. Con el milagro de esperar como un pescador (genial Juano Hernandez) que de tanto contemplar el río ha aprendido a sentir como un pez que respeta a los humanos. Con el milagro de crear la fe.

Yo confieso (La determinación)

En la excelente El incidente (The happening, M Night Shyamalan, 2008) el personaje al que da cara Mark Whalberg sabe que puede crear teorías científicas como otros pueden componer poemas o solucionar juicios y lo utiliza de manera desacertada cada vez que se le reclama como científico. Shyamalan sabe que la ciencia y la ficción no están tan alejadas como se puede presuponer y que la primera a veces tiene más de la segunda que la segunda de la primera (como también veíamos en su anterior Lady in the water). Lo que salva al científico o al escritor es la determinación para hacer lo que hace. Y el hacerlo bien, claro. El conflicto entre el médico y el cura (o entre la ciencia y la literatura para los que creemos en la Biblia como best seller de ficción) va marcando la fricción entre los elementos que conviven en la armonía. Tanto el médico joven como el clérigo curtido en más de una guerra terrenal tienen que ceder y confesar, más que los pecados propios, las virtudes ajenas y ponerlas en común para que la aventura tenga un buen puerto. La forma que reivindica al fondo, el fondo que es fan de la forma, es el camino de un cine clásico que lo es por el tiempo que hace que lo fue.

El fuego (La palabra)

Tanto hablar de equilibrio y armonía, hasta como garante del caos, y luego las películas se recuerdan por sus momentos cumbres, por escenas inesperadas o por esas imágenes que se podrían recordar separadas de su contexto. Stars in my crown tiene una donde el fuego y la palabra (sin necesidad de Elmer Gantry ni de ningún fanatismo religioso o no) hacen exhibición de lo que el cinematógrafo es capaz. Una escena que es parte fundamental de la historia del cine para todo el que crea que amar el cine no consiste en lleve una camiseta de La naranja mecánica sino (normalmente) todo lo contrario. Joel McCrea y Juano Hernández tienen que enfrentarse al Kux Kux Klan que representa lo opuesto a la religión y es al mismo tiempo la sublimación de la misma por motivos y fines económicos. Como el Opus dei en la magnífica y reciente Camino de Javier Fesser, las razones para sacrificar a la humanidad son tan altas como los emolumentos recibidos, como unas tierras que están donde ha de pasar un puente o como el puente remunerado y con aduanas prohibitivas que nos garantiza unas vacaciones pagadas y eternas en un lugar que está tan lejos como nuestra imaginación (o falta de ella) nos quiera llevar. La vida de un negro no tiene tanta importancia como las tierras donde habita si se le quema en una cruz. En esos momentos descubrimos que los mismos apacibles ciudadanos que salían de la iglesia en aquella primera escena memorable son los que tras el reverso ténebre (y temible) de la noche y la manipulación de una voz que no es la de McCrea, pueden cometer la mayor de las aberraciones imaginable. En esa dicotomía entre religión y fanatismo religioso, entre el caballero claro y el caballero oscuro representados por McCrea y Ed Begley, se esconden los nudillos de las manos de Robert Mitchum en la obra maestra de Charles Laughton. Sólo la palabra y la carta de un analfabeto que incide en la memoria y en la fe pueden hacer que todo se desmorone (las palabras que no existen nos pueden salvar, que dicen Vetusta Morla, por seguir con las citas de nuestro tiempo). Sólo la planificación de un Tourneur en estado de gracia hace que la belleza y el horror se conjugen en una sucesión, nada aleatoria, de latidos sinceros que vuelven a componer la melodía de uno de esos himnos que, al no ser nacional, puede pertenecer a todos.

Publicado en www.miradas.net