Tuesday, November 02, 2004

Olvídate de mi

La que puede ser una de mis últimas críticas en un buen tiempo ahora que quiero ocuparme también de la narrativa (Es un disparate dispararte) y la poesía (Techo de menos) mis dos nuevos proyectos.

OLVÍDATE DE MI: El año pasado en Montauk




Un chico y una chica que se desconocen tras haberse conocido. Nos suena,¿ verdad?. Un chico que jura por lo más sagrado que hubo fuego donde ahora colean cenizas. ¿Te enseño tu móvil?¿Te enseño las fotos que nos hicimos con mi móvil? El año pasado en Marienbad era el paradigma del amor no correspondido, de la pasión olvidada, de la mañana resacosa de una noche loca. Aquella chica no te recordaba o no te quería recordar, que para lo que importa es lo mismo. Aquella caja china, aquella muñeca rusa (o de cualquier nacionalidad) obviaba los parámetros concertados con el clasicismo impuesto por los clásicos. Burlaba la lógica una y otra vez para, en un onírico quiebro, contarnos cosas sobre nosotros mismos que nosotros mismos desconocíamos. ¿Las habíamos olvidados nosotros también? La obra maestra de Resnais era un tratado de lo que podíamos llamar el “alzheimer del corazón” o algo así. Era una reflexión “ad hoc” sobre la mutabilidad de los sentimientos inmediatos y de la inmediatez de su transmutación. La vi hace un año y medio en la filmoteca y la gente se seguía saliendo del cine. Hace unos días en el cine Luna hubo gente que también se salió de Olvídate de mi.

La explicación no la tengo ni tengo por qué darla. Todo es más sencillo. El amor y la comedia romántica es otra cosa muy distinta para el resto de los mortales. Pero para mi (teniendo mi concepto de la comedia y del amor a buen recaudo) esta es la mejor muestra de ese género (o subgénero) que he visto en los últimos tiempos junto a Punch Drunk Love. Alguno de mis compañeros hermanan la película que nos ocupa con esta última, creo que embelasados por los recuerdos de ese magnífico músico que es Jon Brion (y que compone ambas bandas sonoras) más que por las características de dos obras bastante diferentes. La de Paul Thomas Anderson es la tregua que un pesimista se concede de cuando en cuando mientras que la del duo Gondry-Kauffman es un ejercicio formal , que bañado quizá por el mismo pesimismo ancestral y humano del director de Magnolia, reflexiona sobre la memoria selectiva y su propia utilización según el resultado final del idilio, el trabajo o la aventura. La autosugestión histórica de nosotros mismos, me atevería a llamarle. Punch Drunk Love era una historia lineal y racional, Olvídate de mi una cinta de “moebius” con canciones de amor y desamor (perdón por la redundancia.) Fin de la comparación.



Comienz ala película.


La esplendida segunda película de Michel Gondry (además de ser espléndida) es la quinta película de ese “autor-guionista sin necesitar dirigir” que es Charlie Kauffman, un hombre atado a una manera única y unívoca de ver y hacer el cine. Si ya sorprendió con Cómo ser John Malkovich , su primer guión, con esta última ha demostrado que las sorpresas están depuradas en pos de un cine menos imperfecto y más completo, de un cine que desde la presunta modernidad de sus postulados se erige en un “más difícil todavía” del cine de vocación y resultados clásicos. Si con Spike Jonze puede no gustar (a mi sus dos películas con el exmarido de la Coppola me parecen las dos más flojas y tras leer a mi compañero Jorge Mauro de Pedro, me doy cuenta que no soy el único), si con George Clooney o con Human Nature puede poner en evidencia la bisoñez talentosa de dos nuevos e interesantes directores, si a algunos puede parecer pedante su radicalidad (radical quiere decir ir a la raiz y es lo que él suele hacer), su talante y su talento, si todo lo que querais fuera cine lo escribiría Kauffman.


Hablabamos de comedia romántica y ésta lo es. Una comedia romántica sita en una catarata de recuerdos que se agrupan, se separan y se difuminan según sea el que nos los presente, convirtiéndose de esa forma en algo parecido a recuerdos nuestros. La ruptura de una linealidad cronológica perfectamente puesta en escena por detalles que añaden la lógica que algunos no divisan (frases, color de pelo, golpes que a veces duelen y a veces no) pero que está y está estupenda. El itinerario de Joel y Clementine tiene dos trayectorias y el mismo sinsentido: el amor imposible y/o improbable. Su éxito fue, es y será nulo, así lo dicen las cintas. Su empecinamiento es digno de elogio: Elogio del amor que Godard dixit. Joel y Clementine agotan todas las cananas a su disposición, toman una decisión traumática y sin biellete de vuelta, pero demuestran que la atracción física tiene tanto que ver con el amor como la atracción intelectual o cualquier atracción por extraña que apreciere (fatal, de feria, entres dos cuerpos en movimiento.) Una luz se enciende cuando las bombillas se apagan, un reflejo pálido te muestra con nítidad claridad, que estuvieran ocupados todos los asientos en el tren, o no, nos importa un carajo. El amor es como Dios o Wu Ming: no existe pero insiste.


Y ellos insisten, desisten, existen y vuelven a insistir. Uno de los grandes logros del dúo Kauffman-Gondry (que tras Human Nature existieron e insistieron) es el crear una emaptía y un reconocimiento del receptor para con unos personajes muy alejados de ser perfectos, imitables (para los que lo ven ) o inimitables (para los que los juzgan). Joel es un ser apocado, carente de interés, torpe y miedoso. Rayano en lo mediocre, celoso, cobarde, implacable con los demás y permisivo con sí mismo. Clementine es neurótica, desequilibrada, egocéntrica y superficial. Variable, excesiva, incontrolada y taxativa. Podrían servir perfectamente como minimos común múltiplos del común de los hombres y las mujeres. Pero en estos berenjenales ho no me voy a meter.

Esas dos personas, con más defectos que virtudes, se han amado y eso lo corrige todo. Estamos con ellos, apostamos por ellos aunque sepamos el final (o la mitad) de su película. Nos alegramos cuando se dan una oportunidad que ya vimos en la repetición que van a fallar. Pero eso es la vida, amigos, eso es el amor, hermanos, jugar, perderlo todo y seguir jugando. Y es lo que nos diferencia a los cobardes de los valientes. Esta combinación valiente de individuos valientes (Charlie y Michael) se equivocaron en algunas cosas en su primera aventura juntos y aquí vuelven a repetir (algun truco de guión más propio de Donald Kauffman, alguna concesión a la galería pictórica.) pero yo apostaría porque su relación siga adelante.



Dicho todo esto, sólo me queda apuntar que nos encontramos ante una de las películas del año (ya saben Kill Bill, Big fish, Memories of muder, El bosque, Spiderman 2, El tiempo del lobo, La terminal o Mar adentro), una apuesta sugerente y original que bordea todo el tiempo la a veces inapreciable línea que separa lo imaginado de lo vivido, lo malo de lo peor, lo nuestro de lo tuyo, lo mío de lo suyo. Lo de todos de lo de nadie

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