Saturday, October 02, 2004

Una docena de primates

DOCE MONOS(Twelve Monkeys, 1995. Terry Gilliam)
Por Manuel Ortega

Extraños recuerdos de muerte



Ayer se fue, mañana no ha llegado
Hoy se está yendo sin parar un punto;
Soy un fue, y un seré y un es cansado

En el hoy, mañana, y ayer, junto
Pañales y mortaja, y he quedado
Presentes sucesiones de difunto

(Francisco de Quevedo y Villegas)


Hay cine y aficionados para todos los gustos. Hay juicios y prejuicios compartidos siempre por alguien. Hay análisis y disfrute, hay publicidad y consejos, hay que saber siempre de donde provienen los ecos. Doce monos se escapa tanto del cine comercial al uso, aunque no dude en utiliza a dos de sus mayores estandartes, y del cine de arte y ensayo más endogámico, aunque adapta una obra de uno de los directores más independientes de la historia (1) Toda una noticia, todo un prodigio.
Y lo hace con una película de ciencia ficción adulta y espectacular, negrísima, malsana y que aprovecha el trillado argumento de los viajes en el tiempo para esbozar un discurso metalingüístico que ahonda en los agujeros negros de la física cuántica. Y todo eso con Bruce Willis y Brad Pitt. Casi nada, oigan. Y no sólo eso. También intenta delimitar la diferencia entre la locura y la normalidad. Incluso se plantea la existencia de ésta. Y no sólo eso, también se transforma en un aviso sobre los peligros que el furibundo capitalismo puede acarrear a un mundo ciego donde vigilantes y vigilados se confunden entre sí. Un experimento. Un filme comercial. Una obra maestra.
Discutible.
Vayamos por partes. Nos encontramos en el 2035 y con un mundo inhabitable en su superficie. La raza humana se agrupa en el subsuelo donde lo que más abundan son cárceles y sectores de investigación. James Cole (Bruce Willis) es uno de los presos de estas organizaciones gubernamentales que cumple demasiado a la perfección su papel de conejillo de indias. En una de sus expediciones a la superficie encuentra lo que parece va a ser clave para encontrar el motivo del desastre y el antídoto a la bacteria que ha provocado dicha situación. Unas pintadas de un ejército de liberación denominado "Los doce monos" parecen ser la respuesta a todos los enigmas.
Hasta aquí todo apunta a una historia normal inscribible a la llamada ciencia ficción adulta, con un punto cercano a Dick y otro punto compatible con Bradbury. Un género que desde que Ridley Scott adaptara un relato del primero de los escritores nombrados, en su controvertida e inmortal Blade Runner (Ídem, 1982), ha ido ganando adeptos y adictos. Además si consideramos que la calidad media de las películas enmarcadas en ese género ha sido bastante alto y que algunos de sus autores principales se han convertido en directores indispensables vemos que es uno de las temáticas con más futuro (y perdón por el chiste fácil) Autores indiscutibles como Lynch, Cronenberg, Carpenter o Spielberg, cineastas en ciernes como Proyas o Niccol han dejado para la posteridad obras como Dune (Ídem, 1984. David Lynch), Videodrome (Ídem, 1982. David Carpenter), 2013: Rescate en L.A (2013: Escape from L.A., 1996. John Carpenter), Inteligencia artificial (A.I., 2001. Steven Spielberg), Dark City (Ídem, 1997. Alex Proyas) o Gattaca (Ídem, 1997. Andrew Niccol), respectivamente. Películas que nos habla del pasado pero mientras miran al futuro poniendo el dedo en las llagas del presente. Filmes de época, radiografías de la sociedad contemporánea o cambiando la archisabida sentencia: Hay que conocer el futuro para saber porque lo hicieron en el pasado. O algo así.
Doce monos se basa en la única obra de ficción de Chris Marker (La jetée, 1962), uno de los directores más misteriosos de la historia del cine, un mediometraje que es una sucesión de fotografías fijas y que este particular no ha tenido ocasión de disfrutar. Por eso el argumento lo copio así tal cual de un artículo de Antonio Weinrichter(2). En un escenario posapocalíptico la policía de los sueños ayuda a elegir un "voluntario" con una imagen mental especialmente fuerte del pasado para que viaje en el tiempo en busca de una solución para la supervivencia de la raza humana. El golpe maestro es que la imagen de la infancia que marca al protagonista, y a la que quiere volver con obsesión edípica, coincide con el momento de su propia muerte: es él mismo, de adulto, el que había visto morir, en esa imagen terrible que quedó grabada indeleblemente en su mente de niño.
Como se puede observar el argumento es más que similar al de 12 monos, es idéntico. Sin embargo, los cambios son notorios. Terry Gilliam asume el rompecabezas argumental, los diferentes niveles de realidad, el entramado de saltos temporales, hace suyo el fondo y le da forma. Una imagen con vida, pero enfermiza, dolorosa, crepuscular. Una imagen que se contrapone a la de la película de Marker, trasunto visual del famoso túnel de la muerte con la luz al fondo de un parpadeo y con las imágenes que de tu vida un montador fúnebre se ha encargado de editar. El niño que ve al viejo que muere es una metáfora visual, un verso que como el de Quevedo de la cita inicial une indivisiblemente pañales y mortaja. Gilliam tiene a Pitt y a Willis y adapta tal carga de profundidad a una película con dos ídolos mediáticos y con filmografías marcadas por rasgos inherentes, característicos y pertinentes. Tanto uno como el otro componen sus dos interpretaciones más alabadas y completas, trascienden sus propios papeles para componer dos personajes que simbolizan de manera contrapuesta (la sobriedad simiesca de Willis, el histrionismo niñato de Pitt) la fina línea separatoria que "delimita", "distingue" o "une" la cordura de la locura.
En Gilliam los locos tienen el poder, la razón y el sentido común. En Brazil (Ídem, 1984) hay que buscar la libertad en los que se salen del férreo sistema, Robin Williams busca el santo grial que todos tendríamos que buscar (el de tener una vida con objetivos no sólo terrenales) en un mundo de cuerdos sin vida en El rey pescador (The Fisher King, 1991), la droga abre los ojos y la mente a un periodista deportivo y su abogado samoano en Miedo y asco en Las Vegas (Fear and Lothing in Las Vegas, 1998). Definitivamente, al Barón Munchaunsen le faltaba un tornillo. El sanatorio mental de Doce monos mezcla a viejos con alzheimer con visionarios sin remisión. En la locura está la verdad, la falta de protocolo y el único camino para que los "cuerdos" (el malo es un eminente científico) no acaben con el mundo
La riqueza de su entramado, la soltura con la que el antiguo componente de los Monty phyton sabe encuadrar todas las piezas (magistral la historia del niño que se esconde en el granero), el cáustico sentido del humor de mucho de sus pasajes, la dimensión de su discurso político (no olvidemos que Gilliam es licenciado es Ciencia Políticas) y su innegable poderío visual hacen que Doce monos sea una flor rara dentro de un cine estandarizado, plano y unidimensional. Esta película se erige en un monumento a todo lo contrario, una de las pocas películas de los últimos diez años a la que se le pueden dar múltiples lecturas, que fomenta la inteligencia de los espectadores, que aviva la corteza cerebral. Y no está todo cerrado, seguidores y detractores no se ponen de acuerdo y cada uno de los unos y cada uno de los otros tiene una interpretación diferente, no sólo de lo que quiere decir la película, sino de lo que cuenta. Un sueño, un loco peligroso, un viaje en el tiempo, un niño que es la perdida de la inocencia, un niño que es la llegada de la inocencia, un aeropuerto atestado, un destino inevitable (genial resolución tanto como la que hace Minority Report / Ídem, 2003. Steven Spielberg; del mismo tema), un mundo que se acaba, un niño que mira a un héroe que se acaba, un niño que es un héroe que empieza.
Luego miras quien es el guionista y te das cuenta con tu nombre te suena. Las piezas empiezan a encajar. David Peoples es el autor del libreto junto a su esposa Janet Peoples. He tenido la oportunidad de leer los tres guiones más famosos de este hombre y he de decir que su lectura es una gozada además de por su calidad cinematográfica por su calidad literaria. Me refiero a Doce monos, y también me refiero a Blade Runner y Sin perdón (Unforgiven, 1992. Clint Eastwood). Tres películas que nos hacen reflexionar, tres reflexiones. Y siguiendo con el cuento, una reflexión.
La crítica la recibió con más uñas que abrazos, la acusaron de excesiva, de incomprensible, de compleja, de críptica. Como vemos, factores negativos todos ellos (?). Factores con los que se descalifica también la obra de Lynch (curiosamente es la segunda vez que aparece en este artículo) y de muchos otros que no toman al espectador por tonto. Ni al crítico por listo. Cineastas populares que enganchan con muchos aficionaos al cine, o no, que buscan un cine diferente pero que siga manteniendo las características que a este le hicieron grande y lo mantienen vivo. Para una tortilla hay que utilizar huevos, eso está claro, para una película hay que utilizar a Murnau, Ford, Welles o Hitchcock. U otros de su catadura. Y ahí radica la gran diferencia. No sé de que, pero la gran diferencia.


(1) Me refiero a Chris Marker(2) Nosferatu nº34-35 "Ciencia-ficción europea", pag-121

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