Tuesday, August 21, 2007

No hay nada mas divertido que hablar de uno mismo

Decía Jardiel Poncela que lo decía Steine pero en realidad lo decía él. Excusa para citar como yo hago ahora para poner un poco de cine en un blog que se supone que también va de eso. Mientras perfilo mis últimos artículos para el especial de los 50 de www.miradas.net y pienso sobre que película escribir tras el amable ofrecimiento de mi compi Bermúdez para su Cámara lenta, cuelgo un texto antiguo sobre 800 balas
Tiros de gracia
Por Manuel Ortega

Si repasamos la trayectoria cinematográfica de Alex de la Iglesia no nos costara ver que la progresión de su cine ha sido irregular y no del todo satisfactoria. Desde aquella bocanada de pútrido aire fresco que fue Acción Mutante hasta estas 800 balas hay un camino de estilización y reafirmación a partes iguales que si no se contradicen al menos sí se solapan. Aquel grupo de tullidos revolucionarios, rebeldes, subversivos, armados y peligrosos encuentran su correlato en este grupo de freaks encerrados en un pasado al que la mayoría ni siquiera pertenecieron, borrachos, divertidos y al final todo lo de los anteriores: revolucionarios, rebeldes, subversivos, armados y peligrosos. Pero Ramón Yarritu era un desheredado que no estaba dispuesto a dar herencia ni a los suyos, por eso los traiciona y los aniquila. Julián Torralba trata a sus correligionarios con un desdén parecido durante la mayoría de la película, pero todos sabemos que es diferente, él es un desheredado que quiere donar toda su miseria a su trouppe, miseria que no es tal porque está compuesta del mismo material que aquello que buscaba Sam Spade en aquella enrevesada historia.
Alex de la Iglesia es un poco Julián Torralba y un poco su nieto: esa mezcla de cinefilia compulsiva que le embarga y esa posibilidad de hacer realidad los sueños de estar dentro. Y por eso viene este homenaje al spaghetti western aun reconociéndose más influenciado por los clásicos americanos (sólo hay que ver la escena de apertura para darnos cuenta) que por los comunitarios. Lo que pasa es que la irregularidad mostrada en su carrera se puede percibir en una sola película ya que vemos lo mejor y lo peor condensado en una pieza. Sus rasgos de autoría se siguen basando tanto en lo bueno como en lo malo. En lo bueno, ese sentido casi epidérmico de la imagen, la solvencia para rodar cualquier escena de acción, las ganas de disentir, de insistir en su imaginario, la modestia del que sabe lo que cuesta llegar y cual es su importancia (en esto me recuerda a, el también "antipático" y "mimado"para muchos, Amenabar). En lo malo, esas concesiones al freakie patrio y casposo que parecen obligatorias en su producción, ciertas irregularidades en el ritmo, soluciones facilonas de guión o guiños demasiado obvios y casi de amateur (los dos minutos finales podrían haber sido sacado de cualquier cortometraje en vídeo)
La interpretación de los actores también se ve marcada por esa dicotomía que reporta y aporta dicha irregularidad. Mientras que Sancho Gracia y Ángel de Andrés López están inconmensurables en sus papeles de sheriff y antagonista de western de baratillo y el elenco de especialistas (stunt men en estos tiempos de globalización) se dedican a robar escenas cada vez que aparecen (mención especial para Eduardo Gómez y Manolo Tallafé, el ahorcado y el gaditano que se cree abertzale, respectivamente) todo los personajes referentes a la familia del niño flaquean no sabemos si por lo estereotipado de sus roles o por la desgana de actores de la talla de Carmen Maura, Eusebio Poncela o Terele Pávez en unos papeles desagradecidos y antipáticos en comparación con los anteriormente reseñados.

De la Iglesia en su sexta película tampoco encuentra la perfección. Empezamos a pensar que no la busca.